martes, 15 de junio de 2010

intento crónico interrumpido

Erminia Castratis de Perifondo tenía las uñas largas y filosas como las de una gata peleadora. Todos los santos días, se las limaba rasguñando caprichosamente un trozo de tronco que había juntado una vez que los muchachos del macrilismo se empeñaban en cortar los añosos árboles del barrio. La vieron aparecer por sorpresa, agazapada entre los juegos de la plaza y su osadía no se vió intimidada por el sonido absurdo de las sierras que funcionan a nafta. Se olía a metros. Se escuchaba a cuadras. La señora pegó un salto y se afanó el pedazo. No intentaron impedírselo. Parecía una vieja loca de esas viejas locas que parecen también viejas peligrosas. Se la podrían imaginar cometiendo estragos con la motosierra, practicando la cirugía carnicera de su buen marido, el médico del barrio, el Sr. Apolinario Perifondo. No por nada su apellido signo de un destino.
Erminia además de afilarse las uñas todos los santos días, tenía la costumbre de sorber formol como desayuno. Esa era la explicación para su buena conservación, suponía la almacenera y el portero de al lado que solían observar casi todos sus movimientos cotidianos. Los que suceden puertas afuera y por descuido, los que suceden puertas adentro cuando olvidaba cerrar las cortinas y las persianas.

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